Fuerza para vivir

Reflexiones sobre Santiago 3:13-18

Escrito por fuerzaparavivir 23-03-2012 en General. Comentarios (0)

 

Ya hemos dicho que Santiago 3:1-12 habla del cuidado que deben tener en su lenguaje los que pretenden ser maestros de la Palabra de Dios. En 3:13-18 continúa hablando a los maestros, pero el hincapié ahora está no tanto en el hablar sino en el hacer. La debilidad de los maestros por lo general es ser puramente teóricos. Santiago dice que la teoría no es suficiente, es necesario que los maestros muestren su sabiduría mediante la conducta. Así que, los maestros de la iglesia deben enseñar tanto con palabras como con hechos; deben ser ejemplo de lo que enseñan. Los vv. 13-18 hablan de la conducta de quienes han sabido poner freno a su lengua y a través de su conducta muestran la sabiduría que proviene de Dios. En el v. 13 se presenta el argumento de todo el texto, el cual se desarrolla mediante un contraste entre la sabiduría de este mundo (vv. 14-16), y la sabiduría que viene de lo alto (vv. 17, 18). El mensaje del texto es que los maestros de la Palabra de Dios deben mostrar la sabiduría de Dios a través de la buena conducta.  ¡La conducta es un silencioso y efectivo maestro!

 

¿Cuál es el contexto de Santiago 3:13-18?

 

Todo el capítulo tres de Santiago tiene que ver con el tema de la comunicación, habla de los maestros en la iglesia. Es una exhortación a usar tanto las palabras como la conducta en conformidad con la sabiduría que proviene de Dios. En los vv. 1-12 hace hincapié en el poder de las palabras, por lo que debe tenerse cuidado al hablar; y en los vv. 13-18 habla del poder de la conducta, por lo que los maestros en la iglesia debían tener cuidado con su comportamiento. Aunque los vv.13-18 constituyen un solo párrafo, puede dividirse en tres partes. El v. 13 tiene el argumento de la verdadera sabiduría, los vv. 14-16 hablan de una sabiduría que se opone a la verdad, y los vv. 17 y 18 exponen la naturaleza de la verdadera sabiduría, la sabiduría que proviene de Dios.

 

¿Cómo está estructurado el texto de Santiago 3:13-18?

 

Las versiones NVI y la RVA tiene el texto en dos párrafos (vv. 13-16 y 17-18). Pero ya que el v. 13 presenta el argumento referente a la verdadera sabiduría y los vv. 14-16 y 17-18 hablan de la sabiduría falsa y la sabiduría verdadera, respectivamente, el texto se puede dividir en tres partes. De todos modos, más importante que las posibles divisiones son las afirmaciones del texto. Estas son las afirmaciones que contiene.

 

1. El que se creyera sabio (el maestro) debía mostrar la sabiduría a través de su buena conducta (v. 13a).

2. La sabiduría del maestro en la iglesia se evidenciaba en su conducta humilde (v. 13b).

3. Si la conducta del maestro se caracterizaba por motivos egoístas, mostraba que su sabiduría era falsa (14).

5. El origen de la sabiduría falsa no era Dios, sino tres fuentes: el mundo, la vieja naturaleza de la persona y Satanás (v. 15).

6. La conducta que se caracterizaba por motivos egoístas producía desorden y toda clase de maldad (v. 16).

7. La sabiduría de Dios se mostraba a través de la buena conducta personal (v. 17a).

8. La sabiduría de Dios se mostraba a través de una buena conducta en la relación con el prójimo (v. 17b).

9. La sabiduría de Dios resultaba en una vida conforme a lo que él exige (v. 18).

 

¿Cuáles asuntos se presentan en Santiago 3:13-18?

 

Este texto presenta básicamente tres asuntos referentes a la vida de los maestros en la iglesia o quienes pretendían tal posición.

 

1. Aparentemente, en la iglesia había muchas personas que deseaban o pretendían ser maestros. Santiago dice que los que pretendían ser maestros, primero debían también ser maestros de ellos mismos: debían vivir lo que predicaban. Por lo tanto, los maestros de la Palabra de Dios debían mostrar la validez de lo que enseñaban a través de su buena conducta.

 

2. Santiago dice que la fuente de la vida egoísta que algunos estaban llevando era la sabiduría que provenía del mundo, de la vieja naturaleza del ser humano, y de Satanás. Esa vida caracterizada por envidias amargas y rivalidades entre los que pretendían ser maestros no se ajustaba a la verdad y era pura presunción. Así que, las personas (maestros) que llevaban una vida egoísta no vivían de acuerdo con la sabiduría que provenía de Dios y, por tanto, no estaban autorizados para ser maestros.

 

3. Santiago dice que la sabiduría que tenía su fuente en Dios se mostraba a través de una serie de cualidades positivas que la hacían evidente y deseable. El pensamiento de Santiago en este sentido, se puede resumir en que las personas (maestros) que vivían de acuerdo con la sabiduría que proviene de Dios lo evidenciaban en sus buenas relaciones con las demás.

 

¿Cómo se desarrollan estos conceptos en Santiago 3:13-18?

 

Los vv. 13-18 enseñan que la sabiduría del maestro fiel a la verdad se revela en su conducta. El texto presenta el argumento en el v. 13 y lo desarrolla mediante un contraste entre la sabiduría de este mundo (vv. 14-16) y la sabiduría que viene de lo alto (vv. 17, 18). La primera conduce a la disolución, la segunda a la conciliación; una conduce a la paz, la otra a las "guerras"; una destruye, la otra edifica.

 

El v. 13 expresa el pensamiento central del párrafo. Mediante una pregunta y una afirmación, deja bien fundada la fuerza de su argumento: La sabiduría del maestro se evidencia en su conducta. Por supuesto, la sabiduría incluye tanto reflexión, como acción. Con este texto, Santiago se dirige a aquellos que pretendían ser maestros, mencionados en el v. 1 y les pregunta: ¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? (v. 13a).[1] Es una invitación a la reflexión personal para que comprobaran si realmente estaban actuando conforme a la verdad. En el v.1 les dijo: no pretendan muchos de ustedes ser maestros, pues esta tarea exige una alta responsabilidad. Ahora los invita a un examen retrospectivo. Es como si les preguntara: ¿Todavía algunos de ustedes quieren ser maestros? Muy bien, háganse una evaluación personal, demuestren su sabiduría a través de su conducta.

 

La respuesta que se ofrece en la segunda parte del v. 13 no deja lugar para la vacilación: la sabiduría del maestro del evangelio se evidencia en la buena conducta, no meramente en las palabras que persuaden y ganan el argumento. No se trata de habilidad retórica, sino de transparencia moral. ¿Cuál era el problema con aquellos maestros? El texto no lo dice explícitamente, pero el v. 14 lo sugiere: había amargos celos y contiendas, y había jactancia y mentira contra la verdad. Así que, el problema de los “maestros” a quienes Santiago escribió tenía que ver tanto con el contenido de su enseñanza, como con la manera de impartirla que se reflejaba en la conducta. La respuesta de Santiago ataca este doble problema y exige una acción precisa: que demuestre su sabiduría y su enseñanza mediante su conducta personal. ¡Es difícil negar los hechos!

 

En los vv. 14-18, Santiago habla de dos clases de sabiduría; más específicamente presenta un contraste para mostrar la verdadera sabiduría. En primer lugar, en los vv. 14-16 presenta lo que se puede denominar la sabiduría falsa (engañosa) o la falta de sabiduría (comp. 1:5). El v. 14 describe la mala conducta que aparentemente era reflejada por algunos de los maestros a quienes Santiago se dirige; el v. 15 describe la naturaleza de la “sabiduría” que produce tal conducta; y el v. 16 habla del fruto o consecuencias de seguir el camino de esta sabiduría engañosa.

 

El v. 14 presenta un marcado contraste con el reto de Santiago expresado en el v. 13 y menciona una serie de características detestables de la mala conducta de estos supuestos maestros, que se revelaba en envidias amargas, rivalidades, presunción y mentiras. Se refleja aquí el orgullo intelectual,[2] que es una tentación para los maestros en cualquier época y lugar. El problema no parece ser tanto de falsa doctrina,[3] sino de inconsecuencia entre el mensaje y la conducta de los maestros. Aun enseñando la verdad, una persona puede ser un mal maestro; especialmente si la enseñanza está rociada de contienda y presunción.

 

La sabiduría de la cual habla el v.15 se centra en los valores temporales. Tal sabiduría jamás puede ser la que guíe a los maestros de la iglesia de Jesucristo, pues se la describe como terrenal, animal y diabólica. Como se nota de estas tres calificaciones, esta sabiduría revela una preocupación por los valores pasajeros; pero la enseñanza cristiana invita a la búsqueda de los valores eternos. Santiago dice que esta falsa sabiduría es terrenal, es producto de la mente humana guiada por el sistema del mundo que anda en la oscuridad del pecado; es animal, porque aunque refleja buenos argumentos es dominada por la naturaleza pecaminosa (comp. 3:5)[4]; y es diabólica, por cuanto está cobijada sutilmente por el engaño de Satanás.[5]

 

El v. 16 resume el problema de los malos maestros en la iglesia fundamentalmente en dos asuntos: 1) la envidia, y 2) las rivalidades entre ellos. Pero estas cosas producen otros problemas, como lo expresa Santiago: también hay confusión y toda clase de acciones malvadas. La conducta que obedece a esta sabiduría engañosa causa problemas entre las demás personas y no sólo entre los maestros. La expresión: donde hay envidias y rivalidades, es una evidencia de la falta de humildad y mansedumbre, cualidades que sí mostraban la sabiduría que proviene de Dios. La expresión, dejen de presumir y de faltar a la verdad,[6] habla más bien de una consecuencia o conducta malsana de la cual los maestros aparentemente no se estaban dando cuenta, pero de algún modo la estaban reflejando.[7] El problema, pues, no era de falsa doctrina, sino de inconsecuencia entre la prédica y la conducta. ¿Será ese, acaso, un problema también en los líderes, pastores y maestros de nuestras congregaciones hoy?

 

Según el v. 16, la sabiduría falsa no conduce a la paz, sino que es conflictiva. Es la actitud o conducta de aquellos que buscan pelea y se contentan con ganar el argumento. Para identificar las terribles consecuencias de la sabiduría de este mundo, Santiago vuelve a identificar sus características: celos y contiendas. Más adelante, en 4:11, se presenta una exhortación que busca dar respuesta a este problema: Hermanos, no hablen mal unos de otros. Las consecuencias de alimentar los celos y las contiendas, reflejos de la sabiduría terrenal, animal y diabólica, serán que habrá desorden y toda obra perversa[8] (v. 16). Este resultado es similar al desorden y perversidad del poder de la lengua presentado en el v. 6. Donde quiera que haya celos y contiendas (rivalidades), las cosas no marcharán bien jamás.

 

Los vv. 17 y 18 hablan esencialmente del carácter o naturaleza[9] de la verdadera sabiduría, la sabiduría que debía regir la vida de los maestros de la iglesia. El v. 17 describe la naturaleza de esta sabiduría (comp. 1:5) y el v. 18 resume el fruto de ella.

 

El v. 17 indica que la sabiduría que proviene de Dios se demuestra en la buena conducta. A modo de contraste, Santiago enumera una serie de características de esta sabiduría. Se presentan ocho elementos de la sabiduría de lo alto.[10] Esta es la sabiduría que debe brotar de la vida de los maestros de la iglesia y es la misma que debe caracterizar la vida de todos los hombres y mujeres que siguen los pasos de Jesucristo, guiados por el Espíritu Santo.

 

A esta sabiduría se la describe como pura, pues está libre de engaño en contraste con la terrenal que miente contra la verdad. Es pacífica[11] en contraposición a las contiendas de la sabiduría terrenal. Es tolerante o moderada (bondadosa) en contraste con las envidias y rivalidades de la sabiduría terrenal. Es complaciente (benigna, dócil, dispuesta a ceder), en contraste con la jactancia de la sabiduría terrenal. Está llena de compasión (misericordia) y de buenos frutos, en contraste con los malos frutos (mala conducta) de la falsa sabiduría. Añade, además, que la sabiduría de lo alto es imparcial y sincera. Es imparcial por cuanto es verdadera y todo lo que es verdadero jamás puede ser calificado con características de parcialidad. Todos estos rasgos se resumen bien en la declaración del v. 13: ¡Que demuestre por su buena conducta sus obras en la mansedumbre de la sabiduría!

 

El v. 18 indica que la sabiduría que proviene de Dios produce buenos frutos. Este versículo habla de siembra y cosecha. Se mencionan aquí la justicia y la paz como el fruto de la verdadera sabiduría. Santiago dice que el fruto de justicia se siembra en paz. Los sembradores son aquellos que hacen la paz, los que siguen los senderos de la sabiduría que proviene de Dios. Santiago da aquí el toque final de su mensaje a los maestros mencionados en 3:1, para recordarles que el evangelio no puede dar buenos frutos si en medio de la comunidad de creyentes reinan las rivalidades y las contiendas.[12] Se puede concluir, entonces, que el estilo de vida del maestro demuestra si su sabiduría se conforma a la verdad, si se conforme al evangelio que predica, si es sabiduría de lo alto. Pero esta es una verdad no sólo para los maestros; es también para todos los que profesamos la fe en Jesucristo. Nuestro estilo de vida debe ser un reflejo de nuestra confesión de fe. La prueba del maestro verdadero no está en la cantidad de argumentos que tenga, sino en la conducta que se ajusta a la verdad del evangelio que predica. La verdad debe ser enseñada no sólo con palabras, sino con el ejemplo del maestro. La verdad es que todos de algún modo somos maestros de nuestra fe y enseñamos todo el tiempo, porque lo hacemos mediante nuestra conducta.

 

¿Cuáles son los principios que se derivan de Santiago 3:13-18?

 

1. Los maestros de la Palabra de Dios debemos mostrar lo que enseñamos a través de la buena conducta. Esta verdad coloca sobre los hombros de los líderes de la iglesia una altísima responsabilidad. No deberíamos pretender enseñar algo si primero no lo aprendemos nosotros mismos. Nuestra conducta debe evidenciar el mensaje que predicamos. En efecto, no podemos engañar, nuestra conducta nos revela ante los demás. Tiene cierta fuerza de verdad el adagio popular que dice: “Tus hechos hablan tan fuerte que no me dejan oír tus palabras”.

 

2. Los que llevan una vida caracterizada por motivos egoístas no están autorizados para ser maestros en la iglesia, por cuanto es evidente que no han aprendido la sabiduría de Dios. La fuente de una vida egoísta es la “sabiduría” que proviene del mundo, de la vieja naturaleza del ser humano, y de Satanás. Y esta sabiduría sigue un camino opuesto a lo que Dios quiere, por cuanto expone pensamientos puramente humanos.

 

3. Los maestros en la iglesia que viven de acuerdo con la sabiduría que proviene de Dios lo evidencian en sus buenas relaciones con los demás. Santiago presentó una serie de características de la sabiduría que proviene de Dios mediante las cuales muestra que esta produce buenas relaciones. Así lo dijo Santiago: la sabiduría que desciende del cielo es ante todo pura, y además pacífica, bondadosa, dócil, llena de compasión y de buenos frutos, imparcial y sincera. ¿Quién no estaría dispuesto a seguir a alguien que tiene estas características?

 

¿Cómo pueden aplicarse los principios de Santiago 3:13-18?

 

1. En verdad, todos somos maestros, aunque pocas veces nos damos cuenta de esto. Todos enseñamos todo el tiempo a través de nuestra conducta, seamos o no conscientes de ello. Por ejemplo, sin darse cuenta, los padres están enseñando a sus hijos en casa todo el tiempo. Con el tiempo, los hijos se parecen a los padres. Los cristianos estamos enseñado todo el tiempo a los demás creyentes en la iglesia y fuera de ella. Por ejemplo, los nuevos creyentes aprenden a “orar” escuchando a los demás. Los pastores están enseñando a los miembros de la iglesia mediante su conducta y no sólo con sus cuidadosos “sermones” semanales. Tal vez hay algo de verdad en el dicho popular: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. No necesitamos ser grandes pedagogos o andragogos para enseñar; nuestra vida es carta leída. Con nuestra conducta enseñamos todo el tiempo. Debemos reflexionar sobre lo que nosotros hacemos como cristianos. Nuestro comportamiento cristiano afecta positiva o negativamente a los demás. En especial, los maestros de la Palabra de Dios deben mostrar su sabiduría a través de su buena conducta tanto personal como en las relaciones con las demás personas. Si usted es maestro de la Palabra de Dios, reflexione sobre estas preguntas: ¿Estoy reflejando en mi vida lo que enseño sobre la Palabra de Dios? ¿Cómo se refleja en mi hogar lo que enseño en la iglesia? Escriba unos comentarios sobre esto. Si usted es uno que recibe enseñanza en la iglesia, ¿cuáles son algunos cambios en su conducta como consecuencia de lo que está aprendiendo? Escriba unos comentarios al respecto.

 

2. Los que somos maestros en la iglesia debemos evaluarnos para decidir si debemos hacer ciertos cambios en nuestra conducta que no concuerdan con el mensaje que estamos predicando. Reflexione usted que es maestro en la iglesia: ¿Hay en su vida algunas características que revelan la sabiduría que es terrenal, puramente humana y diabólica? ¿Cuáles son algunas actitudes que usted necesita cambiar o mejorar como maestro en la iglesia? Escriba un comentario al respecto y luego haga oración al Señor según sea el caso. Todos necesitamos hacer cambios continuamente. Usted, que es maestro de la Palabra de Dios: ¿Cuáles son algunos cambios que debe hacer? ¿Qué pasos dará para lograr esos cambios? Escríbalos brevemente.

 

3. Los que somos maestros de la Palabra de Dios debemos evaluar los efectos que estamos haciendo en las demás personas. Si usted es maestro, ¿está afectando positivamente a las personas que lo están escuchando? Escriba algunos ejemplos que indican los efectos que tiene con su enseñanza. Por otra parte, si usted se evaluara la luz de la descripción que presenta Santiago en el texto que hemos estudiado, cuál sería el resultado? Escriba su respuesta. También, escriba un breve comentario en el cual indique unas razones por las cuales usted debe ser maestro en la iglesia. Pida que dos o tres alumnos lo evalúen respecto a los efectos de enseñanza. Pídales que escriban dos razones por las cuales usted debe ser maestro de la Palabra de Dios en la iglesia. Reflexione sobre esta pregunta: ¿En cuál de las razones dadas debe mejorar respecto a su enseñanza?



[1]En lugar de la pregunta ¿quién es...? la Biblia de Jerusalén traduce: ¿Hay entre vosotros...? Cualquiera que sea la expresión, obliga a la reflexión. La pregunta pudiera cambiarse fácilmente a una declaración o afirmación: "El que se crea sabio..."

[2]En ocasiones el orgullo se presenta de una manera descarada en tono arrogante, mientras que otras veces se presenta solapadamente sin que nos demos cuenta de ello. Tal vez a esto se refiere Santiago cuando habla de "pasiones" en 4:1; no de asuntos sensuales, sino más bien intelectuales.

[3]La mención de mentiras puede indicar que también caían en la falsedad al enseñar.

[4]Vea el pensamiento del apóstol Pablo en 1 Corintios 2:14.

[5]Tal vez la filosofía sustentada por estos maestros consistía en que lo importante es la fe, no la conducta. Lo importante es la rectitud doctrinal, no la rectitud moral (vea 4:4). Este es un concepto totalmente equivocado.

[6]La verdad en este versículo bien puede referirse tanto a Jesucristo como al evangelio de Jesucristo (comp. 1:18; 5:19). En todo caso, la sabiduría terrenal falsea la verdad y se revela en una conducta malsana.

[7]La versión Dios Habla Hoy traduce esta última parte con esta idea: entonces no tienen de qué enorgullecerse y están faltando a la verdad.

[8]Comp. 1 Corintios 14:33 y 1 Juan 1:5. Dios nada tiene que ver con la confusión ni se pone del lado del mal. Por tanto, la sabiduría verdadera se opone al desorden y a las obras perversas.

[9]Hay aquí un paralelo con 1:26, 27. Ambos casos parecen ser, en términos prácticos, un resumen de lo que Santiago está tratando de enseñar: La verdad tiene su expresión práctica.

[10]En cierto modo esas características se asemejan al fruto del Espíritu Santo, según la lista presentada en Gálatas 5:22.

[11]No significa que hay apatía, sino más bien que hay la capacidad de tolerancia en relación con las ideas de otras personas.

[12]Como lo hemos sugerido en otra parte, este versículo debería ser leído con los ojos puestos en el v. 13. Están directamente relacionados.

Reflexiones en Santiago 3:1-12

Escrito por fuerzaparavivir 20-03-2012 en General. Comentarios (0)

 

El capítulo 3 de Santiago es la más extensa exposición bíblica acerca del cuidado que debe tenerse al hablar. Bien puede decirse que su contenido es una franca exhortación pastoral, con el propósito de corregir la conducta en el uso del lenguaje en la comunidad cristiana. El lenguaje arrogante, jactancioso, ofensivo, no debe tener cabida en la iglesia. Los vv. 1-12 hablan de la actitud que los cristianos (especialmente los maestros) debían asumir frente al poder de la lengua. En cierto modo, es un mensaje a los maestros de la iglesia. Se presenta una clara exhortación a tener cuidado en la comunicación, tanto en el discurso público como en la conducta de los líderes. Los vv. 1-12 hacen hincapié en el poder de las palabras, por lo que debe tenerse cuidado al hablar; mientras que los vv. 13-18 hablan más de la conducta de los maestros.

 

Los vv. 1 y 2 hablan del riesgo que corren los maestros de ser juzgados severamente por lo que dicen (y cómo lo dicen) al pretender enseñar a otros. Los vv. 3-6 presentan una serie de ilustraciones para mostrar el problema del poder de la lengua, el poder que se esconde en las palabras que pronunciamos. Y los vv. 7-12 presentan una franca y argumentada exhortación para que controlen el uso de la lengua. El mensaje de Santiago es que los que quieran ser maestros de la Palabra deben entender que asumen una tremenda responsabilidad, pues deben ser ejemplo de lo que enseñan. Si fracasan, su condenación es más severa.[1] El cuidado ha de estar no sólo en lo que dicen y cómo lo dicen, sino en la manera cómo viven la fe que proclaman. Santiago, pues, está preocupado tanto de la disciplina mental, como de la disciplina moral, social y relacional de los maestros en la iglesia.

 

¿Cuál es el contexto de Santiago 3:1-12?

 

Aunque Santiago habla básicamente a los que pretendían ser maestros en la iglesia, su mensaje acerca del poder y los peligros de la lengua puede aplicarse a todos los creyentes. Este no es el único texto donde Santiago habla de la lengua. Por ejemplo, en 1:19 aconseja a sus lectores que deben ser prontos para oír y lentos para hablar. En 2:12 les recuerda la necesidad de refrenar la lengua en la práctica de la religión: Hablen y pórtense como quienes han de ser juzgados por la ley que nos da libertad. En 4:11 los exhorta a que no hablen mal unos de otros. En 5:9 los aconseja que  no se quejen unos de otros y en 5:12-18 les presenta una variedad de maneras como puede ser usada la lengua tanto para bien personal como para bien de los demás en la comunidad de fe, especialmente que confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados.

 

 

¿Cómo está estructurado el texto de Santiago 3:1-12?

 

Aunque la NVI tiene este texto en cuatro breves párrafos (vv. 1-2, 3-6, 7-8 y 9-12), debido a su contenido parece mejor seguir la división de la RVA, que presenta el texto en dos párrafos: vv. 1-6 y 7-12.

 

¿Cuáles asuntos se presentan en Santiago 3:1-12?

 

Hay básicamente dos asuntos que Santiago presenta en este texto. Los dos están estrechamente relacionados con el liderazgo en la iglesia, especialmente con los maestros.

 

1. En los vv. 1-6, Santiago exhortó a los que pretendían ser maestros de la Palabra de Dios en la iglesia, para que tuvieran cuidado con lo que enseñaban y la manera como lo hacían, pues eran responsables delante de Dios. Presenta la seriedad del asunto no solamente porque ellos tendrían que dar cuentas, sino porque eran vulnerables al error y a la mala conducción de las personas en la iglesia. Por lo tanto, los que pretendían ser maestros en la iglesia debían tener cuidado con lo que enseñaban y cómo lo hacían.

 

2. En los vv. 7-12, Santiago indica que los que pretendían ser maestros de la Palabra de Dios debían ser suficientemente humildes para reconocer sus limitaciones. Se presenta la lengua como incontrolable y peligrosa, pero a la vez muestra que era necesario tenerla bajo control porque de ella dependía el curso de la vida de las personas. Por lo tanto, los que pretendían ser maestros en la iglesia tenían la obligación de controlar su lengua, aunque era difícil hacerlo.

 

¿Cómo se desarrollan estos conceptos en Santiago 3:1-12?

En estos versículos hay una exhortación a usar tanto el lenguaje verbal como el no verbal, las palabras y la conducta en conformidad con la sabiduría que proviene de Dios. En el capítulo dos, Santiago habla de vivir la fe sin hacer distinción de personas (2:1). En el capítulo tres invita a sus lectores a vivir la fe sin arrogancia y con la humildad que da la sabiduría que proviene de Dios.

 

Los vv. 1 y 2a son la base de todo el argumento del texto (vv. 1-12) y presentan una exhortación a los que pretendían ser maestros en la iglesia, de modo que se dieran cuenta del compromiso que asumían al presentar la Palabra de Dios al pueblo. El v. 2b es una reflexión acerca de la importancia de tener control de lo que pensamos y decimos.[2]

 

El mensaje es muy directo: No pretendan muchos de ustedes ser maestros (v.1).[3] La exhortación implica que la posición de maestro era algo codiciada[4] y que al parecer se había pervertido, o a lo menos se habían desviado los objetivos. Advierte sobre la carga de responsabilidad que tienen los maestros: seremos juzgados con más severidad. El texto no dice nada de las falsas doctrinas proclamadas por estos maestros, de modo que al parecer este no era el problema. Junto con la exhortación, hace la observación de lo vulnerable que somos los seres humanos, lo cual hace que tropecemos muchas veces: Todos fallamos mucho (v. 2a). ¡Cuánto más fallarán los maestros con su lengua, ya que tienen que hablar en muchísimas ocasiones!

 

El control de la lengua es una prueba del carácter de la persona. A primera vista, Santiago pareciera plantear la impotencia del ser humano ante el poder de la lengua, pero en realidad no es así; lo que sugiere es que es necesario controlar la lengua para poder controlar la vida (v. 2b). Esto es posible sólo cuando se orientan los pensamientos conforme a la sabiduría de lo alto, a través de la obediencia a la Palabra de Dios. La vida de una persona es gobernada por la voluntad, el corazón, el intelecto. Las palabras, no son más que el reflejo o expresión del pensamiento.

 

Lo que Santiago quería era la integridad y madurez de los maestros en la iglesia, de modo que sus dichos y sus hechos fueran consecuentes. Si tenían control de sus pensamientos, tendrían control de sus actos. El hincapié principal de Santiago está en aquellos que querían ser maestros, pero su exhortación respecto a la lengua puede aplicarse a todos los creyentes en la iglesia. El problema planteado referente a los maestros no era la falsa doctrina, sino la arrogancia (pretender ser mejores) y la falta de coherencia entre lo que decían y lo que hacían (comp. v. 13).

 

En los vv. 3-5, Santiago continúa el pensamiento acerca de la persona perfecta del v. 2, capaz de controlar todo su cuerpo. Presentan tres ilustraciones de la importancia de controlar la lengua. Las tres hacen hincapié en las grandes cosas que puede hacer un pequeño instrumento, según sea el uso que se le dé, ya sea para bien o para mal. Un pequeño freno puede ser usado para controlar un brioso caballo, un pequeño timón puede controlar una gran embarcación en medio de los mares embravecidos y una sola chispa de fuego (el uso de la lengua) sin control puede destruir un gran bosque. Quien tenga el control del freno, dominará al caballo; quien tenga el control del timón, conducirá el barco; quien tenga control de su lengua, tendrá en control su vida y podrá ayudar a los demás.

 

El v. 3 presenta la primera ilustración: Cuando ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, podemos controlar todo el animal. Esta ilustración hace hincapié en la importancia de atacar el problema en su esencia. Si una persona controla su lengua, controla todo su cuerpo, controla su vida.[5] El punto de Santiago es éste: de la misma manera como el caballo puede ser controlado mediante un freno en su boca (algo bastante pequeño en relación con el caballo), así la persona podrá controlar sus actos (su conducta) si aprende a controlar su lengua.

 

La ilustración del v. 4 referente al pequeño timón de un barco: Fíjense también en los barcos. A pesar de ser tan grandes… se gobiernan por un pequeño timón a voluntad del piloto. Esta habla de lo que es capaz de hacer la persona con su vida cuando la lengua está bajo su control. Según el contraste que se presenta en los vv. 4 y 5, el pequeño timón del barco es como la lengua en nuestro cuerpo (nuestra conducta).[6] ¡La lengua debe estar al servicio del cuerpo y no el cuerpo al servicio de la lengua!

 

El v. 5 presenta la tercera ilustración habla de la gran destrucción que puede hacer una pequeña: Imagínense qué gran bosque se incendia con una pequeña chispa. Mediante ésta se advierte sobre el problema de la lengua sin control, que hace alarde de grandes hazañas. La jactancia era, precisamente uno de los problemas de los maestros a quienes Santiago se dirigía. Ellos, como consecuencia de los celos amargos y las contiendas, habían caído en este pecado (comp. 3:14). Santiago les advierte sobre el peligroso poder destructor de la lengua: ¡Imagínense qué gran bosque se incendia con tan pequeña chispa! Pero así como el barco grande es controlado a voluntad del piloto por el control que tiene del timón, la vida debería ser controlada por un acto de voluntad de la persona que controla su lengua. Por supuesto, la sola voluntad no es suficiente, pero tenemos las directrices de la Palabra de Dios[7] y el poder del Espíritu Santo.

 

En la comparación con las ilustraciones presentadas, en el v. 6, Santiago habla de una manera más precisa y directa, acerca del poder que tienen los pensamientos y las palabras (la lengua) para afectar la vida de una persona.[8] En este texto Santiago amplía figura de la lengua como una chispa que incendia un gran bosque, para impactar a los lectores, y afirma: la lengua es un fuego, un mundo de maldad. Junto con ésta, hace otras declaraciones que hablan de la naturaleza perversa de la lengua: contamina el cuerpo entero, prende fuego al curso de nuestra vida y es inflamada por el mismo infierno. ¡En cuántos problemas podemos vernos envueltos por causa de nuestra lengua: por lo que decimos y la manera cómo lo decimos! Por eso, es necesario tener control de la lengua.

 

Los vv. 7-12 constituyen la segunda parte del texto. Aunque fuera algo difícil para una persona controlar su lengua, los que pretendían ser maestros en la iglesia tenían la obligación de hacerlo. Se presentan dos planteamientos con respecto a la lengua, que eran motivo para que los maestros estuvieran alerta. Los vv. 7 y 8 indican que la lengua era incontrolable y los vv. 9-12 hablan de la incoherencia de la lengua como algo que no debía ser. Este último pensamiento se refuerza mediante dos ilustraciones tomadas de la naturaleza: el agua de un manantial y el fruto de una planta.

 

En los vv. 7 y 8, Santiago muestra cómo el ser humano ha sido capaz de domar la naturaleza externa (física), pero no ha podido dominar la naturaleza interna (su lengua, su conducta) que siempre tiene presente como una amenaza.[9] Santiago concluye que la lengua es un mal incontrolable, llena de veneno mortal (v. 8). ¡El ser humano tiene dentro de sí su propio enemigo! En verdad, el ser humano no tiene otra alternativa que humillarse delante de Dios, tal como Santiago lo presentará en el capítulo cuatro.

 

En los vv. 9-12 Santiago muestra lo inconsecuente que es la lengua, pero esto no debe ser así. Estos versículos contienen básicamente dos ideas. En los vv. 9 y 10 se presentan unas evidencias de la inconsecuencia de la lengua y en los vv. 11 y 12 se presentan dos ilustraciones para reafirmar lo absurdo de tal inconsecuencia.

 

En estos versículos Santiago vuelve al pensamiento referente a la necesidad de que haya coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos (vv. 9, 10). En este caso, habla de lo contradictorio que es el hecho que con nuestra lengua bendecimos y con ella también maldecimos (v. 9). De esta contradicción e inconsistencia se desprende la exhortación: Hermanos míos, esto no debe ser así (v. 10). Así que, a pesar del problema, Santiago es optimista.

 

Las dos preguntas del texto (vv. 11, 12) conforman dos ilustraciones de lo absurdo que es esa vida de dos caras que ha presentado en los versículos anteriores. De un manantial no brota agua dulce y amarga (v. 11); ni tampoco una planta produce un fruto de otra naturaleza que no sea el de ella (v. 12). Así tampoco, de una misma boca no debe salir bendición y maldición. Sin embargo, allí estaba precisamente la inconsecuencia de la lengua: De la misma boca sale maldición y bendición.[10] Por lo tanto, los que querían ser maestros debían aprender y asimilar esta verdad: debe haber coherencia entre los pensamientos y las acciones, entre los dichos y los hechos, entre la fe y la práctica de la fe.[11]

 

¿Cuáles son los principios que se derivan de Santiago 3:1-12?

 

1. Los maestros de la Palabra de Dios deben tener cuidado con lo que enseñan y la manera como lo hacen. El ministerio de la enseñanza ha tenido un lugar relevante entre los cristianos desde los primeros días de la iglesia. Santiago enseña que los maestros en la iglesia somos responsables ante Dios de la manera como afectamos a nuestros oyentes con lo que enseñamos.

 

2. Los que pretenden ser maestros en la iglesia tienen la obligación de controlar su lenguaje, aunque esto sea difícil de hacer. Por una parte, los maestros de la Palabra de Dios debemos ser suficiente humildes para reconocer que también tenemos limitaciones y podemos equivocarnos en lo que decimos y cómo lo decimos. Por otra parte, es necesario luchar para ser lo más fiel y transparente posible en la enseñanza de la Palabra de Dios. Necesitamos cultivar la humildad y la sinceridad como maestros de la Palabra de Dios.

 

¿Cómo pueden aplicarse los principios de Santiago 3:1-12?

 

1.  Por una parte, los maestros en la iglesia deben tener cuidado de reflexionar bastante sobre lo que van a enseñar y la manera como lo harán. Esta es una gran responsabilidad, porque lo que digan y cómo lo digan hará un efecto negativo o positivo sobre sus oyentes. Por otra parte, los oyentes deben ser vigilantes para evaluar a la luz de la Palabra de Dios lo que escuchan de sus líderes en la iglesia. La próxima vez que predique un sermón o presente una enseñanza, siéntese a reflexionar para evaluar el efecto que hizo. Una manera de hacer esto puede ser invitar a dos o tres hermanos unos cuatro o cinco días después de su presentación que ellos evalúen con usted los efectos de su enseñanza. Si usted es el oyente (no el predicador) reflexione sobre el contenido y la forma del mensaje. Escriba unos comentarios al respecto. Si lo creen conveniente compártalos con el predicador (pastor o maestro) que lo presentó.

 

2. Todos aprendemos constantemente. ¡Los maestros también somos alumnos! A veces aprendemos de nuestros aciertos y otras veces aprendemos más de nuestros errores. Por eso, es importante que nos evaluemos constantemente para avanzar en lo que estamos haciendo bien y para rectificar lo que podemos hacer mejor. Si usted es predicador, dedique un tiempo, unas horas, para que reflexione y evalúe lo que usted ha estado enseñando y la manera como lo ha hecho durante el último año. Trate de responder lo más sinceramente posible esta pregunta: ¿Cuáles han sido los resultados? Identifíquelos con claridad y haga oración al Señor según sea el caso. Si usted no es maestro, sino uno que recibe enseñanza, evalúe la enseñanza que ha recibido en los últimos tres meses. ¿Se ajustan de verdad a lo que enseña la Palabra de Dios? ¿Qué lo hace pensar así? Escriba unos comentarios al respecto.

 

3. Aunque el mensaje del texto estudiado es una exhortación directa a los maestros en la iglesia, todos los cristianos somos responsables delante de Dios de lo que decimos y como lo decimos. Lo que afirmamos con nuestras palabras debe mostrase en nuestra conducta. Ese es el cuidado que Santiago quiere que tengamos. Todos debemos reflexionar sobre lo que decimos y cómo lo decimos, a fin de avanzar en el desarrollo de la vida cristiana de una manera coherente. Tenemos que reflexionar acerca de cuánto bien o cuánto mal podemos hacer con nuestras palabras y cómo las decimos. Nuestras palabras deben ser para edificación no para destrucción. Pensando en esto, reflexione sobre su vida: ¿Cuánto edifica a los demás con lo que usted dice y como lo dice? Escriba un breve comentario al respecto. Haga oración sobre la base del comentario que escribió.



[1]Santiago habla de un juicio más riguroso. Esto no se refiere al juicio final sobre los seres humanos, sino más bien a la actitud que asumen las personas ante los líderes que actúan mal.

[2]En cierto modo el v. 1 advierte sobre un peligro particular de los maestros y el v. 2 advierte sobre un peligro universal que se extiende a todas las personas.

[3]El don de la enseñanza es un gran privilegio, pero es a la vez una gran responsabilidad. El Nuevo Testamento habla acerca del don de enseñar (Romanos 12:7; 1 Corintios 12:28) y con claridad indica que el pastor es también un maestro (Efesios 4:11; 1 Timoteo 5:17). El don de la enseñanza es un gran privilegio, pero es a la vez una gran responsabilidad.

[4]Algo parecido es el planteamiento del apóstol Pablo más tarde en relación con los pastores (comp. 1 Timoteo 3:1 Si alguno anhela el obispado, desea buena obra. Pero... [RVR60]). Jesús también había hecho una advertencia similar a los dirigentes del pueblo de Israel (Mateo 23:8).

[5]El sabio Salomón dio su veredicto sobre el poder de la lengua: En la lengua hay poder de vida y de muerte; quienes la aman comerán de su fruto (Proverbios 18:21, NVI). El comentario de Pablo en Gálatas 5:15 también se relaciona con el mismo asunto.

[6]No importa cuán fuerte, impetuoso y embravecido sea el mar de la vida, si hay control del timón, el “barco” llegará a puerto seguro.

[7]También en el control de nuestros pensamientos, de lo que decimos y cómo lo decimos, es necesario que seamos hacedores de la Palabra. Siempre está latente la chispa que enciende el fuego.

[8]Si una persona repite muchas veces una mentira, finalmente termina asumiéndola como verdad.

[9]Es asombroso ver lo que el hombre moderno es capaz de hacer mediante la ciencia física y las comunicaciones; pero es triste ver la realidad moral del hombre contemporáneo. Mientras que parece haber gobernado al mundo físico, él mismo se hunde en el caos de la inmoralidad y la ausencia de valores.

[10]Esto es similar al hombre de doble ánimo presentado en 1:8 y la fe sin obras de 2:17.

[11]Este es el argumento de los vv. 13-18 en este mismo capítulo.

Reflexiones en Santiago 2:14-26

Escrito por fuerzaparavivir 07-03-2012 en General. Comentarios (0)

 

En el capítulo 1, Santiago habla de la actitud que debían asumir los cristianos ante las situaciones difíciles y los exhorta a que oigan y practiquen lo que la Palabra de Dios enseña (v. 22). En el capítulo 2 hace hincapié en aspectos más específicos para que los cristianos pongan en práctica la Palabra de Dios. En este sentido, habla tanto del trato imparcial en las relaciones con el prójimo en la vivencia de la fe (vv. 1-13), como de la fe demostrada en acciones de servicio al prójimo (vv. 14-26).[1] En este texto, Santiago enseña que una persona tiene autoridad para decir que cree algo sólo cuando está dispuesta a vivir lo que predica. En otras palabras, la fe verdadera está ligada a las obras que la demuestran. El contexto general de la Escritura enseña que las obras no salvan a nadie, pero los que han sido salvados hacen buenas obras como resultado de su nueva vida (comp. Efesios 2:8-10; Tito 3:8). La fe verdadera se muestra en las obras. Así que, el cristiano lleva sobre sus hombros una carga de compromiso y sacrificio en relación con el prójimo, que no puede eludir en su peregrinaje cristiano.

 

El argumento de Santiago en estos versículos es que la fe genuina se demuestra no sólo con palabras, sino con obras de servicio al prójimo necesitado. Si la fe no tiene obras es inútil, está muerta. La fe y la acción van de la mano en la vida cristiana. No son los argumentos los que demuestran la fe de una persona, sino su conducta, su estilo de vida. Bien puede decirse, entonces, que creer es actuar conforme a los principios de esa fe que se profesa. En otras palabras, la afirmación y la acción del cristiano deben ser coherentes en su peregrinación.

 

¿Cuál es el contexto?

 

En los primeros versículos de este capítulo, Santiago advirtió a los creyentes acerca del amenazante peligro de la acepción de personas dentro de la iglesia. En este sentido, exhortó a los cristianos para que vivieran la fe en obediencia a la Palabra de Dios sin hacer acepción de personas (2:1-13). En los vv. 14-26 hace un llamado a demostrar la fe mediante las obras, en acciones de servicio al prójimo. Bien puede decirse que todo el texto de los vv. 14-26 es un argumento final de la exhortación dada en 1:22, donde dice: No se contenten sólo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica.

 

¿Cómo está estructurado el texto?

 

La NVI divide el texto en cuatro párrafos (vv. 14-17, 18-19, 20-24 y 25-26). La RVA y la DHH tienen el texto en tres párrafos, con una pequeña diferencia en el último.[2] De acuerdo con el contenido del texto, parece mejor unir los últimos dos párrafos de la NVI y quedarse con tres divisiones, ya que los vv. 20-26 son dos ilustraciones tomadas de las Escrituras para apoyar el argumento del texto.[3] Puede decirse que los vv. 14-17 presentan el argumento del texto, el cual se ilustra con un ejemplo del sentido común; los vv. 18 y 19 presentan lo que bien pudiera denominarse como la base para “un debate” sobre el argumento; y los vv. 20-26 presentan dos ejemplos de las Escrituras para apoyar el argumento que la fe sin obras está muerta.

 

¿Cuáles asuntos se presentan en el texto?

 

Sobre la base de la estructura del texto, puede decirse que se presenta tres asuntos que Santiago quería comunicar, referentes a la vivencia del evangelio. Tienen que ver básicamente con las obras como demostración de la fe que profesaban.

 

1.  Santiago dice que a los creyentes no les servía de nada afirmar que tenían fe si ésta no se evidenciaba en lo que hacían. Mediante un ejemplo del sentido común, ilustra su argumento: Si conocían la necesidad de una persona y no hacían nada para satisfacerla, su conocimiento no servía para nada. En otras palabras, era necesario que su fe se mostrara a través de lo que hacían. De lo contrario su fe era inútil.

 

2.  A través de lo que parece un “debate imaginario”, Santiago dice que una persona podía tener una creencia correcta y sin embargo no ser un verdadero cristiano, si no vivía conforme a lo que decía creer. Para ridiculizar a los que se conformaban con “tener una creencia correcta” (tener fe), Santiago les dice que hasta los demonios creen en Dios, pero no obedecen lo que él dice. Así que, Santiago quería enseñar a sus lectores que la fe en Jesucristo se mostraba mediante la obediencia a la Palabra de Dios.

 

3. Para ilustrar el concepto que la fe sin obras estaba muerta, Santiago presentó dos ejemplos (Abraham y Rajab) que hablan tanto de riesgo como de sacrificio personal en la práctica de la fe. En el caso de Abraham, su fe implicó sacrificio al obrar mediante la decisión de entregar (sacrificar) a su hijo Isaac, y en esto –dice Santiago– su fe llegó a la perfección. En el caso de Rajab, su fe se demostró mediante el riesgo (obras) que asumió al dar protección a dos enemigos de su pueblo. Santiago quería enseñar a sus lectores que la fe en Jesucristo implicaba sacrificio personal a través de las obras.

 

¿Cómo se desarrollan estos conceptos en el texto?

 

En los vv. 14-17, Santiago presenta el argumento de todo el texto: la fe genuina se demuestra no con palabras, sino con obras[4] de servicio al prójimo. Si la fe no tiene obras es inútil, está muerta. Entonces, la fe y la acción van de la mano en la doctrina cristiana. No son los argumentos los que demuestran la fe, sino la conducta, el estilo de vida de las personas. Creer es actuar conforme a los principios de esa fe que se profesa. Dicho de otro modo, la afirmación y la acción deben ser coherentes.

 

Según el v. 14, la profesión sin acción carece de valor. Santiago no enseña que la salvación es por obras, sino que la fe auténtica se evidencia en obras. Así como en 1:21, 22 muestra que la Palabra de Dios tiene un poder salvador, pero para que tenga efecto en la vida cotidiana debe ser obedecida por el que dice haberla recibido; de la misma manera, la fe sin las obras carece de sentido. Así como no ser hacedor de la Palabra es engañarse a sí mismo; del mismo modo, no hacer el bien al necesitado es negar la fe que se afirma con palabras. El concepto que se presenta en este texto no es que la salvación depende de las obras, sino que el creyente debe mostrar, a través de sus actitudes y acciones, que en realidad ha ocurrido un cambio en él. Que su fe afecta su acción en todos los ámbitos de su vida y que las otras personas pueden verlo en su conducta.[5]

 

El v.14 no dice en qué consisten las obras, pero el párrafo completo (vv. 14-17) indica que se refieren a las acciones de compasión y servicio a los que en verdad tenían necesidad (comp. 1:26, 27). ¿Qué sentido tiene realizar una “buena obra” a favor de quienes no tienen ninguna necesidad? Por otra parte, ¿qué sentido tiene que alguien sienta compasión por los necesitados y aún haga oración por ellos, si no está dispuesto a despojarse de sus bienes para atenderlos en sus necesidades?

 

Los vv. 15-17 incluyen una ilustración para apoyar el argumento, que toca profundamente los sentimientos de quienes son verdaderamente cristianos.[6] Santiago presenta un supuesto que bien pudo ser una realidad en aquella comunidad de creyentes. No se trataba simplemente de decir y no hacer, sino de decir y hacer.[7] Era asunto tanto de ver la necesidad como de actuar conforme a ella, para satisfacerla; la buena voluntad y la supuesta amigabilidad no eran suficientes.

 

El supuesto presentado por Santiago (vv. 15, 16) halla su respuesta conclusiva en el v. 17: Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta. La fe auténtica no es un simple asentimiento intelectual con respecto a ciertas verdades, sino una convicción interior que motiva a la acción. De este modo, la fe y las obras son inseparables; no pueden divorciarse y seguir con vida en forma individual. Por eso, Santiago dice que la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta. La fe genuina es compromiso. ¡No actuar a favor del prójimo es negar la fe!

 

Según los vv. 18 y 19, Santiago recurre al sentido lógico para responder a una supuesta objeción y en los vv. 20-26 apela a la autoridad de las Escrituras (Antiguo Testamento) de las cuales toma dos ejemplos para apoyar su argumento. Bien puede decirse que la fe verdadera es convicción en acción.

 

Al leer los vv. 18 y 19, a primera vista pareciera que Santiago estaba presentando un argumento científico para decir que lo único verdadero es lo demostrable. Pero no es así. En realidad, lo que hace es llamar la atención a un sentido lógico que lleva la fe al terreno práctico y no la deja sólo en la convicción intelectual, ni en una sencilla reacción emocional. Para reforzar su argumento, declara que también los demonios creen y tiemblan, pero no hacen nada más. En otras palabras, tienen fe en el sentido que creen en la existencia de un único Dios personal, pero no actúan conforme a ese conocimiento. La fe en Dios debe ser mostrada a través de las obras del creyente.

 

Santiago presenta un diálogo imaginario (v. 18) mediante el cual sugiere que es absurdo pretender demostrar algo sin algún tipo de acción. Es como si se presentara un debate entre dos contrincantes, uno defiende su fe y otro defiende sus obras: Tú tienes fe, y yo tengo obras. El reto se expresa con estas palabras: Muéstrame tu fe sin tus obras, lo que parece un imposible, y yo te mostraré mi fe por mis obras, lo que sí es posible y salta a la vista.

 

El contenido del v. 19 es una severa advertencia a aquellos que se conforman con un cristianismo vacío, una religión interior, un solo lado de la fe, un simple asentimiento intelectual. Tú crees que Dios es uno. Bien haces. Está bien, pero de nada te sirve si no actúas conforme a tu fe, no avanzas, si no llegas hasta el final. Si lo que haces es ver las necesidades del prójimo y le dices “que Dios te ayude”, ¿de qué le sirve a él?

 

La fe que es sólo convicción intelectual acepta verdades tan absolutas como que Dios es uno.  Pero esto no es suficiente, también los demonios tienen esta convicción, y la toman tan en serio que hasta tiemblan ante ese Dios único y Todopoderoso. En la demostración de nuestra fe, no hemos hecho gran cosa con sólo creer que Cristo cambia la vida. Somos personas inútiles (vanas) si sólo nos conformamos con tener este tipo de fe que se queda en el intelecto y no baja al corazón y expresa su compasión en acción.

 

Los vv. 20-26 apoyan el argumento mediante el uso de dos ilustraciones tomadas de las Escrituras, para afirmar que la fe que no se evidencia en hechos está muerta. El diálogo imaginario de los versículos anteriores tiene su valor, pero Santiago va más allá en su argumento. Ahora busca el respaldo de las Escrituras y se fundamenta en dos ejemplos del Antiguo Testamento: uno, el de Abraham,[8] que obró conforme a su convicción ante Dios (vv. 20-24); el otro, el ejemplo de Rajab, que obró con misericordia hacia quienes necesitaban ayuda y arriesgó su vida segura de que estaba actuando conforme al deseo de Dios (vv. 25-26).[9]

 

Con el primer ejemplo (vv. 20-24), Santiago arguye que a una persona se le declara justa por las obras, y no sólo por la fe (v. 24) ¿Qué quería comunicar esto? ¿Está Santiago afirmando la salvación por obras? No, absolutamente no. La cita de Santiago referente a Abraham, cuando ofreció a su hijo Isaac en el altar, nada tiene que ver con su salvación, pues este es un evento que ocurrió en un momento de su vida muchos años después que él había depositado su fe en Dios (comp. Génesis 12:1-8; 15:6; 22:1-18).[10] La fe y sólo la fe en Jesucristo puede justificar al ser humano delante de Dios.[11] Pero la práctica de la fe lleva consigo la acción consecuente que la demuestra. Bien podemos decir que creer es también actuar conforme a la fe que afirmamos con palabras. Es bien claro que Abraham actuó conforme a la fe que tenía.

 

En cuanto al ejemplo de Rajab (vv. 25, 26), Santiago no dice nada con respecto a su fe y se limita a hablar de sus obras cuando hospedó a los espías y les ayudó a huir por otro camino (v. 25). Pero su acto indica que creía en el poder del Dios de los hebreos y actuó conforme a esa fe.[12]

 

Si Abraham, en su obra de fe, se enfrentaba a la posibilidad de perder a su hijo Isaac, Rajab por su parte corría el riesgo de perder su propia vida al ocultar a los dos espías. En ambos casos las obras descansan en un gran paso de fe. Las obras del creyente prueban que su fe es y está viva. Santiago reafirma su argumento (v. 26) con una comparación que salta a la vista y no necesita comentario alguno: como es el cuerpo sin espíritu, así es la fe sin obras. La fe y la acción son realidades inseparables que se complementan y fortalecen entre sí.

 

¿Cuáles son los principios que se derivan de Santiago 2:14-26?

 

1.  La fe en Jesucristo se muestra a través de hechos coherentes con lo que afirmamos. En efecto, Santiago dice a sus lectores que no les servía de nada tener fe si ésta no se evidenciaba en lo que hacían. Santiago recurrió al sentido común para ilustrar su argumento. Si conocemos la necesidad de alguien pero no hacemos nada para satisfacerlo, ¿de qué le sirve a ese hermano nuestro conocimiento?

 

2.  La fe en Jesucristo se muestra mediante la obediencia a la Palabra de Dios en hechos concretos. Santiago les dijo a sus lectores que hasta los demonios creen en Dios (y hasta sienten miedo), pero no obedecen lo que él dice. En verdad, una persona puede tener una creencia correcta y sin embargo no ser un verdadero cristiano, porque no vive conforme a lo que dice creer. Hay personas llamadas cristianas que tienen una rectitud doctrinal envidiable, pero una conducta despreciable. El evangelio exige que seamos coherentes entre nuestros dichos y nuestros hechos.

 

3.  La fe en Jesucristo implica riesgo y sacrificio personal en nuestras acciones. Los dos ejemplos que Santiago presentó a sus lectores (Abraham y Rajab) para ilustrar el concepto que la fe sin obras está muerta, hablan tanto de riesgo como de sacrificio personal. Nuestra fe genuina se manifiesta en lo que hacemos en servicio a los necesitados y el verdadero servicio siempre implica sacrificio personal.

 

¿Cómo pueden aplicarse los principios de Santiago 2:14-26?

 

1. La fe en Jesucristo se muestra a través de hechos coherentes con lo que afirmamos. El punto de Santiago es que la fe que no se muestra a través de las obras está muerta. El ejemplo que Santiago presentó es brillante y penetrante: Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: “Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse”, pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Si conocemos la necesidad de alguien y hasta hacemos oración por él, pero no hacemos nada para satisfacerle su necesidad, ¿de qué le sirve a ese hermano? Usted no necesita ir muy lejos. A su alrededor, en la iglesia y fuera de ella hay gente con necesidades. Algunas de esas necesidades son materiales, otras son psicológicas, morales, o sociales y, sin duda, algunas son espirituales. Hay un campo amplio para que usted demuestre su fe evangélica. Tal vez no tiene recursos materiales para ayudar, pero tiene capacidad para escuchar y ayudar a aquellos que se sienten solos y confundidos. ¡Cuánto le ha dado Dios a usted que puede compartir con el prójimo! Reflexione sobre esto y decida cuáles son los pasos que dará de ahora en adelante. Escríbalos en forma sencilla.

 

2. La fe en Jesucristo se muestra mediante la obediencia a la Palabra de Dios en hechos concretos. Es cierto que se puede tener una doctrina correcta, fiel a las Escrituras, y a la vez tener una conducta mala fiel al sistema del mundo. Con frecuencia, los cristianos también somos desobedientes al evangelio. Por ejemplo, todos los cristianos auténticos creemos firmemente que Jesucristo volverá de nuevo a este mundo para salvar a los que le esperan; pero muchos de esos cristianos viven como si no lo creyeran. No obran conforme a lo que creen. Todos los cristianos auténticos creemos firmemente que debemos amar al prójimo, pero en la realidad cotidiana parece que no encontramos a “ese prójimo” aunque esté muy cerca de nosotros. No obramos conforme a lo que creemos. Los cristianos afirmamos que se debe confiar en el Señor, pero en la realidad de la vida, en los momentos difíciles, tal afirmación parece que se desvanece. Todos los auténticos cristianos creemos que el nuevo nacimiento es un paso fundamental para la salvación, pero con frecuencia muchos quieren vivir como de acuerdo con la vieja naturaleza. Reflexione sobre su vida: ¿De verdad hay coherencia entre lo que usted cree y lo que hace? Escriba algunos ejemplos que demuestren coherencia entre su creencia y su vivencia, entre sus dichos y sus hechos.

 

3. La fe en Jesucristo implica riesgo y sacrificio personal en nuestras acciones. Si Jesucristo, el Señor de los cristianos, tuvo que sacrificarse hasta entregar aun su vida, qué les espera a sus seguidores. Las obras de nuestra fe son una muestra de amor, pero el amor implica cierto desprendimiento a favor del ser amado. Nuestras obras que de verdad demuestran nuestro cristianismo implican sacrificio personal. Por eso se trata de obras, no sobras. Estas últimas no implican ningún sacrificio. Cualquier persona es capaz de dar lo que le sobre, tal vez porque le estorba. Pero desprenderse de lo que aparentemente aún necesitamos es otra cosa, da cierto dolor. El ejemplo de Abraham que presenta Santiago es elocuente. Por la fe estaba dispuesto a sacrificar a su propio hijo, lo más apreciado. Algo similar ocurre con el ejemplo de Rajab. Reflexione sobre usted: ¿Cuándo hace alguna obra, cuánto sacrificio implica? ¿Es realmente esa obra algo que demuestra su fe? Escriba unos comentarios al respecto. Ya que ha reflexionado sobre las obras en la vida cristiana, ¿qué se propone hacer de ahora en adelante? Escriba unos pasos sencillos que pueda llevar a cabo referente a las obras que evidencian su fe en Jesucristo.



[1]El texto de Santiago 2:14-26 ha sido objeto de muchas polémicas, debido a la aparente discrepancia entre el pensamiento de Pablo y el de Santiago con respecto a la fe y las obras (comp. Romanos 4:1-3; Santiago 2:21-24). En realidad, no hay discrepancias, sino que cada uno de estos autores tenía propósitos diferentes y hace hincapié en uno de estos dos aspectos para afianzar su argumento.

[2]La RVA tiene estas divisiones: vv. 14-17, 18-24 y 25-26. La DHH lo divide así: vv. 14-17, 18-23 y 24-26.

[3]Otra posible estructura del texto es presentarlo con solo dos divisiones: vv. 14-17 y 18-26.

[4]El supuesto del v. 14, expresado en la pregunta: ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras?, parece estar muy ligado a la exhortación de 3:1 que dice: Hermanos míos, no pretendan muchos de ustedes ser maestros, pues, como saben, seremos juzgados con más severidad.

[5]Es la aplicación cotidiana de aquella sencilla sentencia de Cristo: Por sus frutos los conocerán (Mateo 7:16, 20).

[6]El que sigue los pasos del maestro se presentará y actuará como siervo (servidor de los demás) (comp. Marcos 10:45). En muchas partes, la Escritura exhorta a hacer el bien, a servir al prójimo y tanto más a aquellos que conforman un mismo cuerpo en la iglesia.

[7]Unos años más tarde el apóstol Juan presenta el mismo concepto (1 Juan 3:17, 18).

[8]Según este ejemplo, la obra no es en relación con el prójimo. Más bien, nos muestra que Abraham actuó en concordancia con su fe. Creyó que si Dios le pedía que hiciera algo, él debía obedecer y hacerlo.

[9]Aparentemente, no hay ninguna diferencia de fondo en estos dos ejemplos. El v. 25 une los dos con las palabras: De igual manera. Sin embargo, es posible que Santiago quiera usar estos dos ejemplos para incluir tanto a judíos como a gentiles en los mismos principios de práctica cristiana.[9][9] Así, no importa si una persona es judía (como el caso de Abraham) o si no es judía (como el caso de Rajab), de todos modos su fe debe manifestarse en obras.

[10]La cita de Santiago es un hecho que ocurrió mucho antes de que Dios ordenara a Abraham el sacrificio de su hijo. Ese hecho de “creer” ocurre cuando Dios prometió el hijo a Abraham, no cuando tomó la decisión de sacrificarlo, según Dios se lo había pedido. Aparentemente hay una contradicción en el pensamiento de Pablo y el de Santiago. Pero no es así, Pablo habla de la fe como acto inicial y único para la salvación, Santiago habla de la fe y las obras como acto continuo en el desarrollo de la vida cristiana.

[11]Comp. Romanos 3:22; 4:18-22.

[12]El escritor de la carta a los Hebreos menciona la acción de Rajab como una prueba de su fe (Hebreos 11:31).

Reflexiones en Santiago 2:1-13

Escrito por fuerzaparavivir 03-03-2012 en General. Comentarios (0)

 

Unos aspectos introductorios al análisis del texto

 

El texto de Santiago 2:1-13 es un ejemplo a través del cual se muestra cómo podemos llevar a la práctica la Palabra de Dios (1:22). El hincapié no está en el conocimiento de la Palabra de Dios (como ocurre en el capítulo uno), sino en la aplicación de ella reflejada en la actitud del cristiano hacia su prójimo. Los vv. 1-7 presentan una exhortación a no hacer acepción de personas. Santiago presenta un ejemplo o ilustración de la manera como la acepción de personas se manifestaba en la comunidad de creyentes y cómo al valorar a las personas caían en el pecado de la parcialidad. En los vv. 8-11 muestra como la acepción de personas se constituía en un acto de desobediencia a la Palabra de Dios. Y en los vv. 12 y 13 se plantean las consecuencias de hacer acepción de personas, por lo que debe actuarse siempre de acuerdo con la integridad de las Escrituras. En resumen, Santiago enseña que en obediencia a la Palabra de Dios, debemos actuar con imparcialidad en el trato con nuestros hermanos.

 

La acepción de personas ha sido y es un problema de los seres humanos. Este problema incluye también a los cristianos. Pero Santiago tiene un mensaje para ayudar a los cristianos a enfrentar con éxito el problema de la acepción de personas en la iglesia. Para no caer en el favoritismo, el cristiano debe valorar a las personas sobre la base de lo que son y no de lo que tienen. Para no caer en el favoritismo, el cristiano asumir que la acepción de personas está en conflicto con los principios de la Palabra de Dios. Para no caer en el favoritismo, el cristiano debe medir sus decisiones y acciones según los criterios de la Palabra de Dios, no según los criterios de la sociedad.

 

En términos generales, el capítulo uno de Santiago hace hincapié en la actitud interior del cristiano. Se confronta a los cristianos con las pruebas y tentaciones en medio de las situaciones difíciles, y se les exhorta a prestar atención a la Palabra de Dios para obedecerla. El capítulo dos proyecta la fe del creyente hacia una nueva dirección y habla básicamente sobre la relación de la fe con el prójimo. Entonces, en el capítulo dos el hincapié no está tanto en el conocimiento de la Palabra de Dios, sino en la aplicación de ella.

 

En 1:27, Santiago advirtió que la práctica de la religión pura tiene sus manifestaciones no sólo en la actitud interior, guardarse sin mancha del mundo, sino también en acciones de servicio al prójimo, visitar a los huérfanos y a las viudas en su aflicción. Ahora, en el capítulo dos, especialmente en los primeros trece versículos, advierte acerca del amenazante peligro de la acepción de personas dentro de la iglesia. En este sentido, en 2:1-13 exhorta a los cristianos para que vivan la fe en obediencia a la Palabra de Dios sin hacer acepción de personas. En los versículos (v. 14-26) hace un llamado a demostrar la fe mediante las obras, en acciones de servicio al prójimo.

 

¿Cuáles asuntos se presentan en el texto?

 

Hay básicamente tres asuntos que se presentan en el texto. Todos tienen que ver con la obediencia a la Palabra de Dios en la relación del cristiano con las demás personas en la iglesia.

 

1. En los vv. 1-7 Santiago exhortó a los creyentes para que no hicieran diferencia entre una persona y otra en la iglesia. Para apoyar su exhortación les mostró un ejemplo hipotético referente al trato preferencial que daban a las personas ricas en detrimento de las pobres. También les mostró cómo ellos tenían criterios diferentes a los de Dios referente a los ricos y los pobres. El mensaje de Santiago es que debían valorar a las personas por lo que eran y no por lo que tenían.

 

2. En los vv. 8-11 Santiago exhortó a los creyentes para que obedecieran la Palabra de Dios, a fin de que no fueran culpables de hacer acepción de personas. No valía la pena obedecer una parte de las Escrituras y desobedecer todo lo demás, porque éstas tenían el mismo valor en todas sus partes. Por eso, les dijo: Hacen muy bien si de veras cumplen la… Escritura: “ama a tu prójimo como a ti mismo”. El mensaje de Santiago es que la acepción de personas estaba en conflicto con la obediencia a la Palabra de Dios.

 

3.  Los vv. 12 y 13 indican que los dichos y las acciones de los creyentes serían evaluados a la luz de la Palabra de Dios. Por lo tanto, la conducta de los creyentes debía estar ajustada a los principios de la Palabra de Dios.

 

¿Cómo se desarrollan estos conceptos en el texto?

 

Los vv. 1-7 constituyen la primera parte del texto. El v. 1 presenta el argumento mediante la exhortación a vivir la fe sin dar lugar a favoritismos. Los vv. 2 y 3 ilustran, mediante un caso hipotético, una manera como con facilidad los creyentes pudieran incurrir en el pecado de hacer acepción de personas en la comunidad cristiana. Si tal cosa ocurre, pregunta Santiago, ¿acaso no hacen discriminación entre ustedes, juzgando con malas intenciones? (v. 4).[1][1] A modo de contraste, en los vv. 5-7 Santiago hace una serie de preguntas mediante las cuales llama la atención de sus lectores para que reflexionen tanto acerca de la conducta de Dios como la conducta de ellos respecto a las demás personas. En el v. 6 hay una acusación directa de acepción de personas: ustedes han menospreciado al pobre.

 

El v. 1 indica que la acepción de personas es inconsecuente[2][2] con la fe cristiana: La fe… no debe dar lugar al favoritismo. Lamentablemente, la comunidad cristiana no escapa a este problema,[3][3] pero es un mal que puede ser combatido. Santiago enfrentó con mucha valentía este problema, lo identificó como una conducta pecaminosa y exhortó a los creyentes para que mantuvieran un trato imparcial hacia todos los hermanos. La parcialidad (favoritismo) puede ser expresada de muchas maneras y pudiera tener muchas motivaciones, pero todas valoran a las personas según lo que tienen, lo que saben, o lo que aparentan, y estas cosas son ilusorias y pasajeras (comp. 1:10, 11). En la iglesia todos somos miembros los unos de los otros, somos siervos unos de otros. Por lo tanto, todo acto de parcialidad es incongruente con la fe, es desobediencia a la Palabra de Dios y es un atentado contra la unidad de la iglesia.

 

En los vv. 2-4, Santiago pasa de la exhortación a la demostración de su argumento mediante una ilustración. Los destinatarios bien podían preguntarse: ¿En qué sentido estamos haciendo acepción de personas? El ejemplo de Santiago bien pudo ser real o hipotético, pero es muy claro e ilustrativo. El trato de respeto y privilegios al hombre con anillo de oro[4] y ropa elegante y el desprecio al hombre pobre desharrapado es, a todas luces, un acto de acepción de personas. Santiago no se opone a la cortesía, la cual siempre debe estar presente, sino a la discriminación entre los creyentes.

 

Al final de estos versículos, Santiago hace dos preguntas en una: ¿acaso no hacen discriminación entre ustedes, juzgando con malas intenciones?[5][5] Con semejante conducta, los creyentes habían hecho, equivocadamente, un juicio de valor: habían concluido que el hombre “rico” y poderoso merecía un mejor trato que el hombre pobre. Por otra parte, estaban haciendo pública la inconsecuencia de su fe: con la asistencia a las reuniones pretendían justificar la rectitud de su fe, pero con la distinción de personas en la asamblea la negaban. Estaban actuando con criterios mal fundados. En cierto modo, eran muy vulnerables con respecto a la aplicación de su fe y de la misma manera que el que duda, eran echados de un lado a otro por las circunstancias (comp. 1:6). Actuar así era ser inconsecuente con la fe, era pensar que el valor de las personas se mide por las cosas que poseen y que las posesiones materiales pueden ser una medida válida para hacer distinción entre las personas.

 

A modo de contraste, en los vv. 5-7 Santiago hace una serie de preguntas mediante las cuales llama a la reflexión tanto acerca de la conducta de Dios (v. 5) como la de los seres humanos (vv. 6, 7). Es una llamada de atención a la reflexión personal y colectiva acerca de la conducta cristiana. Santiago ataca la mala conducta de los creyentes al hacer distinción de personas y muestra que hay un gran abismo entre la actitud y acción de Dios, y la actitud y acción de los que hacen acepción de personas. Santiago les dice a los creyentes que Dios honra a los pobres,[6] pero ellos con su conducta los deshonran. Ustedes no están siguiendo a Dios, sino a sus criterios personales y egoístas. Así que, les hace un llamado: Escuchen, mis queridos hermanos. Y de inmediato, les hace una pregunta retórica: ¿No ha escogido Dios a los que son pobres según el mundo para que sean ricos en la fe y hereden el reino que prometió a quienes lo aman?

 

En estos versículos Santiago advierte que ante un juicio de valores, se debe tener presente la conducta arrogante y mundana que se esconde detrás de la digna apariencia de los poderosos. Mediante una serie de preguntas muy bien formuladas, Santiago revela la conducta arrogante y maliciosa de los ricos: ¿No son los ricos quienes los explotan a ustedes y los arrastran ante los tribunales? ¿No son ellos los que blasfeman el buen nombre de aquel a quien ustedes pertenecen? Tres actitudes revelan la insensibilidad de estos hombres poderosos: explotan a los pobres, los juzgan sin misericordia y los descalifican mediante blasfemias contra el Señor al cual sirven.

 

Santiago plantea el problema de la explotación[7] de los obreros por parte de los patronos ricos, como lo específica en 5:4. Había personas en la iglesia que tenían esta mala práctica y el colmo de todo esto es que se les estaba dando ciertos privilegios. ¡Es absurdo mostrar preferencia por aquellos que son opresores! Sin embargo, parece que esto ocurría en la iglesia. Santiago alza su voz para denunciar esta conducta injusta, a fin de que no continúe en la comunidad de creyentes. La explotación de los pobres es todavía un problema de nuestra sociedad; pero esta conducta debe ser desechada y denunciada por la iglesia.[8]

 

También plantea el problema del juicio fraudulento y sin misericordia.[9][9] Normalmente esta es la conducta de los ricos egoístas e inhumanos que no se compadecen del pobre y que les importan más sus ganancias que la situación de sus deudores. Con la pregunta: ¿No blasfeman ellos el buen nombre que ha sido invocado sobre vosotros? parece que Santiago se refiere a una humillación mucho más profunda, más allá de las cosas materiales, que arremetía contra la moral y las creencias de los cristianos.[10][10] Estos ricos insensibles blasfeman el buen nombre del Señor. Es fácil imaginar que si un creyente pobre debía algo a un rico éste hablaría mal tanto del cristiano como de Cristo mismo.

 

En los vv. 8-11 se presenta el concepto que la acepción de personas está en conflicto con la Palabra de Dios. El texto plantea básicamente dos asuntos respecto a las Escrituras y la conducta cristiana. 1) Confronta a los creyentes con “la ley del amor”[11], de la cual son transgresores toda vez que hacen distinción de personas (vv. 8, 9). 2). Les recuerda a los creyentes la unidad de las Escrituras, de modo que al dejar de cumplir sólo uno de los mandamientos se hacen culpables de todos (vv. 10, 11). La declaración del v. 8 es el punto central de estos versículos: Hacen muy bien si de veras cumplen la ley suprema de la Escritura: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.[12] Pero aparentemente, no estaban cumpliendo la ley suprema. Esta ley se refiere al segundo gran mandamiento: Ama a tu prójimo como a ti mismo (comp. Levítico 19:18). Si hacían acepción de personas, eran culpables y esa misma ley los acusaba de transgresores (v. 9).

 

Los vv. 10 y 11 se refieren a la unidad de la Palabra de Dios. Eso significa que al hacer distinción de personas, se quebrantaba el mandamiento de amar al prójimo, que es una parte de la Palabra de Dios y en consecuencia el que la quebrantaba era culpable. En este sentido, la ley suprema condena. Así que, aunque no violaran ningún otro mandamiento, la acepción de personas era suficiente para hacerlos culpables de quebrantar toda la ley. Los dos mandamientos[13] que se mencionan, adulterio y homicidio, son sólo dos ejemplos con los cuales se indica que la acepción de personas es un pecado tan grave como lo es el adulterio y el homicidio.

 

En los vv. 12 y 13 Santiago les dice a sus lectores que sus actos serán juzgados según los principios de las Escrituras. En el v. 12 les dice que hablen y se porten como quienes han de ser juzgados por la ley que nos da libertad. Toda conducta pasará por el juicio de Dios, cuya medida es su Palabra. Por lo tanto, los cristianos debían comportarse conforme a la enseñanza de la Escritura. Ya en 1:25 habló de prestar atención a la perfecta ley de la libertad, es decir, la Palabra de Dios, y había dicho también que debían recibir con mansedumbre la Palabra implantada (1:21). Así que, era importante que prestaran atención a la Palabra de Dios.

 

El v. 13 parece hacer referencia, a modo de conclusión, a la conducta de los creyentes de la cual habla en los vv. 2-4, donde se ilustra como una mala conducta, la acción de hacer distinción de personas. Por otra parte, anuncia juicio sin misericordia contra aquel que no hace misericordia. Con esta frase pudiera referirse tanto a la acepción de personas, la mala conducta de los creyentes según los vv. 2-4, como a la conducta de los ricos expresada en los vv. 6 y 7. El texto, pues, recuerda el hecho que los creyentes serán juzgados conforme a sus obras. Ante los ojos de Dios, el pecado nunca pasará desapercibido. En este sentido, el pensamiento de Santiago está dirigido tanto a los que hacían acepción de personas, como a los ricos que afrentaban al pobre.

 

¿Cuáles principios se derivan del texto?

 

Santiago exhortó a los cristianos para que actuaran con imparcialidad en el trato con los demás hermanos. Los retó a obedecer la Palabra de Dios mediante la demostración de amor a todos por igual. Entonces, puede concluirse que la imparcialidad en el trato a los hermanos es una muestra de obediencia a la Palabra de Dios. ¿Pero cuáles son unos principios específicos que se derivan de este texto? De este texto se derivan por lo menos tres principios referentes a la imparcialidad en el trato a los hermanos en la iglesia.

 

1. La acepción de personas está en conflicto con la dignidad humana. Aunque el sistema de este mundo valora a las personas sobre la base de lo que poseen, la Palabra de Dios nos enseña que debemos valorarlas por lo que son y no por lo que tienen. Así actúa Dios. Todos somos iguales ante los ojos de Dios. Por lo tanto, la acepción de personas es un acto contrario a lo que Dios hace. La acepción de personas –en la comunidad a la cual escribió Santiago– sucedía cuando entraba un hombre “distinguido” en las reuniones y lo sentaban en el mejor puesto al lado de los líderes, y al entrar un hombre pobre lo sentamos lejos y le prestamos poca atención. Con semejante acto, despreciamos tanto a la persona y sus capacidades, como a Dios. En este sentido, la acepción de personas era un acto descarado que atentaba contra la dignidad humana.

 

2. La acepción de personas es un desprecio a la Palabra de Dios. El estilo de vida de nuestra sociedad revela a todas luces un desprecio a la Palabra de Dios, pero los cristianos debemos valorar y obedecer la Palabra de Dios. Toda vez que hacemos acepción de personas, no solo despreciamos a Dios y su Palabra, sino que entramos en conflicto con nuestros principios de fe que se fundamenta en lo que Dios dice. El argumento de Santiago es que la Palabra de Dios es coherente y con sólo quebrantar una de sus partes somos culpables de desobediencia. Toda vez que hacemos acepción de personas quebrantamos el mandamiento de amar al prójimo, que es una parte de la Palabra de Dios. Hacer acepción de personas, es despreciar a Dios y su Palabra.

 

3. La acepción de personas es un pecado por el cual habrá que dar cuentas. Por lo tanto, nuestra conducta cristiana debe evidenciar que obedecemos lo que enseña la Palabra de Dios. En verdad, la acepción de personas es un desprecio a Dios y a su Palabra. Este pecado será juzgado por Dios a la luz de su Palabra. Entonces, debemos ser cuidados porque hay muchas maneras como nuestra conducta pudiera alejarse de lo que Dios enseña. En la comunidad a la cual escribió Santiago el problema de la desobediencia a la Palabra de Dios se veía cuando los ricos que vivían sólo para almacenar bienes, buscando “su propio bien” y a la hora de defender su dinero eran capaces de castigar a los inocentes y aun hablar mal (blasfemar) hasta del mismo Cristo. Todas estas consideraciones deben obligar al creyente a reconsiderar lo injusto y equivocado de su actitud al tener distinción por personas a quienes sólo les importa su dinero y, a la vez, menospreciar a quienes Dios mira con misericordia y amor especial.

 

¿Cómo pueden aplicarse los principios del texto?

 

1. Es relativamente fácil caer en el pecado de favoritismo, especialmente cuando entran a la iglesia personas con buena posición económica y social, empresarios, artistas, etc. A veces se cree que si no se les dan ciertos privilegios a estas personas no se quedarán en la iglesia y, en consecuencia, tampoco se quedará su dinero y su influencia. No debemos cambiar los principios de la ética cristiana por bienes materiales. La acepción de personas también puede darse en otros ámbitos en la iglesia. Por ejemplo, en el ejercicio de ciertas actividades y ministerios en la iglesia. También ocurre cuando nos relacionamos más con ciertas personas en la iglesia, porque ellas están a nuestro nivel cultural y no prestamos atención a otras que consideramos inferiores en ese sentido. También puede ocurrir cuando se muestra cierta preferencia a una persona por su edad o por el sexo, más allá de la cortesía.

 

Todos somos iguales ante Dios. Todos hemos sido creados a su imagen y semejante; y también todos somos pecadores merecedores de castigo. Pero Dios, mediante el sacrificio de su Hijo, mostró su amor a todos de la misma manera. Nosotros no tenemos ninguna razón válida delante de Dios para mostrar preferencia por ciertas personas más que por otras. Hoy la acepción de personas se hace frecuentemente de manera solapada, pero es un pecado igual. En los días de Santiago, el problema se reflejaba en el trato con ricos y pobres. En verdad, las cosas no han cambiado mucho. Pero Dios, en su soberanía, ha salvado a ricos y pobres que hoy están en la iglesia. ¿Con qué derecho nos atrevemos a despreciar algunos en la iglesia y actuar así en desacuerdo con Dios? Dios dice que todos tienen la misma dignidad: los que tienen prendas y vestidos lujosos y los que no tienen nada. La verdadera riqueza y el verdadero significado de la vida no consisten en la abundancia de los bienes que una persona posee, sino en la humildad de corazón delante de Dios. Así que, tanto el rico como pobre necesitan humillarse delante de Dios. Reflexione sobre su actitud en relación con ciertas personas en la iglesia: ¿Tiene usted algunos tratos preferenciales para algunos? ¿Tiene usted alguna actitud de desprecio hacia algunos en la iglesia? Escriba un comentario al respecto y haga oración al Señor ya sea de gratitud o de confesión al Señor por su conducta.

 

2. Hemos dicho que la acepción de personas es un desprecio a la Palabra de Dios. Tal vez en el fondo hacemos acepción de personas porque tenemos desconfianza respecto a lo que Dios dice y confiamos más en lo que dice la sociedad. En este sentido, parece que Santiago estaba tratando de atacar una actitud de desconfianza de los creyentes con respecto a la protección del Señor. Si confiamos en que Cristo puede ayudarnos en nuestras necesidades ¿por qué queremos ganar el favor de los hombres poderosos? ¿Será acaso por el temor de que si no los adulamos mediante un trato de preferencia no nos ayudarán cuando tengamos necesidad? Si así fuese, ¿dónde queda entonces nuestra confianza en Dios? Por otra parte, si hacemos acepción de personas ¿dónde queda entonces nuestra obediencia a la Palabra de Dios si quebrantamos el mandamiento de amar al prójimo? Es necesario que evaluemos nuestra actitud hacia los demás sobre la base de la Palabra de Dios. Reflexione sobre su vida: ¿Cuán obediente es usted a la Palabra de Dios en su trato con los demás hermanos en la iglesia? Haga una lista de seis personas en la iglesia, y evalúese acerca de cómo las trata. ¿Hay algún trato preferencial para alguna de ellas? Si hay algo que mejorar al respecto, anote lo que debe hacer, ore al Señor sobre el asunto y decídase a mejorar.

 

3. Finalmente, hay un asunto que debemos tener claro en nuestra vida diaria: La acepción de personas es un pecado por el cual habrá que dar cuentas a Dios. Ya que esto es así, no nos queda otra cosa que tomar la firme decisión de mejorar nuestra relación con los demás hermanos en la iglesia. ¿De qué manera pudiera hacerse acepción de personas hoy? Puede ser que el trato preferencial no ocurra con nuestras acciones sino con nuestras palabras. Tal vez usted ha estado hablando mal de algún hermano. Si es así, confiésele su pecado y deje de hablar mal de él. Si ese es el caso, haga una lista de cosas buenas, positivas, que tiene ese hermano/a y haga una oración de gratitud al Señor por él.



1La situación que Santiago enfrenta parece referirse el hecho de que aquellos que tenían ciertas posesiones materiales eran atendidos con privilegios en las reuniones de la iglesia, dándole a ellos la gloria que le pertenece al Señor.

2La práctica de la fe cristiana y la acepción de personas son incompatibles, porque está en conflicto con el principio de la unidad de la iglesia.

3La acepción de personas es una amenaza en cualquier comunidad y en cualquier nivel de las relaciones humanas. En la sociedad se consiguen muchos motivos para asumir tal conducta; en la comunidad cristiana no debería haber ningún motivo para semejante conducta.

[4]Parece que Santiago está hablando de un representante del gobierno romano. Las características, anillo de oro y ropa lujosa, eran propias de estas personas. El texto no nos dice si estas personas eran cristianas. En todo caso, si eran cristianos, todavía no habían comprendido lo que significa ser Cuerpo de Cristo, pues estaban dando lugar y aceptando que se hiciera distinción de personas en la iglesia.

[5]La Biblia de Jerusalén tiene: ¿No sería esto hacer distinciones y juzgar con criterios falsos?

[6]No debemos pensar que Dios honra a los pobres por ser pobres y deshonra a los ricos por ser ricos. Lo que Santiago quiere decir es que los creyentes no actuaban correctamente al hacer acepción de personas cuando honraban al rico y deshonraban al pobre.

[7]Muchas de las riquezas de las personas acaudaladas en todos los tiempos provienen de la explotación u opresión de otros. No decimos que todos los que han logrado riquezas materiales lo han hecho a través de la explotación. Pero la explotación por parte de los que más tienen es no sólo una tentación, sino una práctica común.

[8]La situación de injusticia había sido condenada por Dios en tiempos de Moisés (Éxodo 22:25), fue parte de las reformas que Nehemías inició en Israel (Nehemías 5:1-19) y era parte de las denuncias y reclamos de los profetas (Amós 4:1).

[9]Los ricos arrastraban a sus deudores a los tribunales. Parece que la costumbre de aquella época era que si un acreedor encontraba en la calle a alguien que le debía, podía tomarlo por el cuello, casi ahorcarlo y arrastrarlo a los tribunales.

[10]De manera despectiva a los seguidores de Cristo se les llamó cristianos, pero para ellos tal nombre era un honor. Por otra parte, el nombre de Cristo era muy relevante pues no sólo se bautizaban en su nombre sino que este era su testimonio: Jesucristo es el Señor. Santiago pudiera estar recordando aquí las palabras de Amós (9:12).

[11]En realidad, la reina de las leyes es el primer mandamiento: Ama al Señor tu Dios. Pero, ciertamente, Jesús colocó al segundo mandamiento, Ama a tu prójimo como a ti mismo, a la par del primero. En este sentido, esta es la ley real o suprema: de ella depende toda la ley. Jesús dijo que junto al mandamiento de amar a Dios por sobre todas las cosas está el mandamiento a amar al prójimo. Estos dos forman el núcleo de toda la ley y los profetas.

[12]Parece que los cristianos a quienes escribe Santiago pensaban que, por cuanto daban honor al visitante con vestido lujoso y anillo de oro, estaban cumpliendo el mandamiento de amar al prójimo; pero no se daban cuenta que al mismo tiempo estaban quebrantando ese mismo mandamiento al despreciar al pobre.

[13]Siempre ha habido el pensamiento errado de hacer una “clasificación de pecados”. Por lo general la gente piensa que adulterio y homicidio son pecados graves, pero hacer acepción de personas (la parcialidad) no es nada grave. Santiago dice que este es un concepto equivocado.